Y tú no estás

Eleanor, querida hermana, adorada Campanilla:

¿Dónde estás?

¿Por qué no te veo?

Te has marchado.

No.

No puedes haberte ido. Tú jamás te hubieses ido. Me quieres, me necesitas.

No te atreverías a irte sin mí.

Tienes que estar a mi lado. Yo solo no soy nada. Estoy perdido sin ti.

Te quiero, más que a nada.

No puedes irte.

Todo lo que he hecho ha sido por ti. Por nosotros. Para que siempre estemos juntos. Peter y Campanilla, unidos por toda la eternidad.

Pero no estás.

¿Por qué te has ido? No podías hacerlo. No tenías derecho.

He hecho el sacrificio máximo y tú no lo has completado.

No, sé que no me has abandonado.

Nos queremos demasiado como para que lo hayas hecho. Somos hermanos y nada nos puede separar.

¿Y por qué no te veo?

Sé que estás a mi lado. Tienes que estarlo.

Pero no te veo, no te oigo, no te siento.

No quiero esta no vida sin ti. No puedo quedarme solo.

Tengo miedo.

Ven a mí, a mi lado.

Te necesito tantísimo que creo que me estoy volviendo loco.

Los días se suceden uno tras otro sin que halla nada que los diferencie. Todo es gris y opaco. Necesito de tu luz para poder existir en este mundo.

Y no estás, ¿por qué no estás?

Vuelve a mi vera y vivamos la vida que siempre quisimos llevar.

¡Somos libres! Sin obligaciones, exigencias. No hay un mundo de adultos. Niños para siempre. Unidos, juntos, inseparables.

¡Pero no te veo! Es lo que siempre quisimos.

Por tu culpa, tu invisibilidad, quiero morirme.

¡Yo solo quiero estar contigo!

Sin mí no eres nada. No puedes ser Campanilla sin Peter.

Sin Campanilla solo eres Eleanor. Y Eleanor, ¿quién es Eleanor? Nada.

Me necesitas, igual que yo te necesito a ti.

No soporto esta soledad tan pesada, asfixiante, agobiante.

La vida me está ahogando.

Vuelve, Campanilla, y libérame de esta soga que me está matando.

Sin mí no eres más que polvo, y sin ti, yo deseo serlo también.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

Te quiero.

Vuelve a mí, y permite que ambos seamos felices.

Peter

Pesadillas

Se ha quedado dormida. ¡Al fin!
Ya es bastante malo que exista, ya es bastante malo que Peter la halla elegido a ella y tenga que vivir con nosotros y ya es bastante insufrible que Peter y ella no se separen. Pero es que, encima, cuando esta ella Peter no me habla, ni me hace el mínimo caso.
Vale, me sigue con la mirada cuando estoy a su alrededor, o incluso me sonríe cuando hablo o canto sin esperar respuesta, simplemente tratando de hacer ruido. Llevo fatal sentirme ignorada.
No lo soporto más, y tengo ideas retorcidas en mente para solucionar esto.
-Campanilla...-Canturrea Peter.
-¿Ahora sí que quieres hablar conmigo, hermanito? ¡Pues habla con la pared!
-Vamos, Campanilla. Odio no poder hablarte más incluso que tú.
-Lo dudo. Te estás uniendo mucho a ella, ¿sabes?
Suspira.
-¿Entrarás en mis sueño? Te echo de menos.
-No sé. Tal vez también este ella en tus sueños. Sería demasiado para mí.
-¡Hay veces que te pones imposible!-Murmura, marchándose enfadado.
Escucho como cierra la puerta de su cuarto y sonrío maliciosamente. Le conozco lo suficiente para saber que no vendrá a buscarme. No, siempre espera a que sea yo la que le busque.
-Pero hoy no, Peter...-Susurro con una amplia sonrisa, inclinándome sobre Wendy. Mis cabellos caen sobre su rostro, atravesándolo.-Hoy yo también voy ha jugar con tu muñeca.

Tiembla. No recuerda bien cómo ha llegado a esa siniestra mansión, pero eso carece de importancia. Hay algo maligno, algo tan siniestro que le congela el aliento. Escucha unas risas y se estremece. 
Por fin reconoce la casa, aunque parece tan cambiada, tan fantasmagórica... Es una versión siniestra de la casa dónde Peter la ha llevado.
-¿Peter?
Las risas se repiten. Es una risa infantil, un repiqueteo de cascabeles que, sin embargo, suena terriblemente malvado.
-¿¡Peter!?
Sale corriendo. Siente un aliento en su nuca y chilla. De cada sombra salen manos pálidas, húmedas y huesudas que tratan de agarrar sus piernas. Chilla de nuevo, corriendo hacia las escaleras, y allí esta ella.
-No deberías pedir ayuda a Peter, Wendy...
Era una niña, de unos diez años. Llevaba un anticuado camisón blanco y cascabeles trenzados en el pelo. Estaba pálida, tenía unas marcadas ojeras y los labios violáceos. Aún así, se adivinaba que había sido muy hermosa. Y se parecía tanto a él...
Su sonrisa era burlona y cruel.
-¿Quien eres?
-Yo también le quería, ¿sabes? ¡Todos nosotros le queríamos!-Un llanto infantil, suave, pero proveniente de muchas voces distintas empezaron a rodearla. Wendy gritó. Pequeñas figuras fantasmagóricas se acercaban a ella, tambaleándose. Niños muertos. Decenas de niños muertos.
-Yo también le quería, y él me mató. Él nos mató a todos. A ti también te matará.
-¡No!
Pequeñas manos en descomposición empezaron a agarrarse de su ropa. 
-Aunque eres un poco mayor para jugar con nosotros...
La niña empezó a reírse a carcajadas. Su camisón se empezó a teñir de rojo y de su boca empezó a manar sangre a borbotones. Sus ojos de un color demasiado claro seguían clavados en ella.


Despierta gritando y envuelta en sudor frío, expulsándose del sueño. Dejo escapar una risita entre mis dientes.
-No he terminado contigo, boba. Nos quedan muchas noches por delante. Hasta que por fin te largues.
No me importaba que no pudiera oírme, me inclino sobre su rostro aún asustado.
-Porque Peter es MÍO.